sábado, 29 de marzo de 2008

Sari

Uno abre una puerta y la pasa, y luego viene el proceso de cerrarla, de mirar si hay alguien, de saber quién mira y quién debe recibir los saludos. Saludar, desde luego. Mirar a los ojos en la medida de lo posible. Sonreir, si se puede. Jamás evadirse de mostrar algún gesto que conlleve a algo ambiguo o que detente contra el status ontológico del Ser del otro. Sino pedir perdón. Y en lo posible no hablar ni de religión ni de política. Mientras tanto es dificil que alguien susurre un "te quiero" mientras uno tiene las manos ocupadas contando las monedas. Y la cara queriéndose perder en ciudades lejanas, donde todas las caras no se reconocen, porque todo es circulación: de la gente, de los bienes, de la moneda, de los deseos, de los susurros, de los amores, de las palabras, de los mensajes de texto y las llamadas.


Y así hasta el arte de pedir perdón es esfímero. Porque circula en los labios de los otros y de uno. En los supermercados, en las avenidas, en los subtes, en las peatonales. Y se parece más y más a un chasquido. Inaugura y cierra las relaciones amorosas. Los partidos de fútbol. Las religiones universales. Las canciones de amor. Sorry. Perdoname dios. No fue mi intencion. Disculpas. No lo volveré a hacer. Aunque no lo quiera. Aunque es inevitable que lo haga. Porque los perdones tambien ponen fin a las oraciones. Los párrafos. Las culturas. Las teodiceas. Las teleologías. Los negocios. Las utopías. Etcétera. Y que más. Si la literatura quizás sea una forma de perdonar al tiempo, a la convencionalidad de las palabras, al artificio de los temas universales, a la mortalidad del hombre.


Mientras tanto Dorothy Gale bailando con sus zapatitos de bruja. Buscando el regreso a su casa y las cosas que le hace falta a la humanidad: inteligencia, corazón y valentía. Yo la siento hablar en boca de Nelly McKay, la princesita de ciudad Esmeralda. Totó sigue ladrando y Kansas que es espera. El Mago de Oz, el fin de la historia y todas esas metáforas que sugieren el acto de cerrar un libro. A mi no me miren, ella fue la que dijo "Podrás leer mis labios pero no mi mente". Yo sólo la escuchaba tocar el piano y miraba la forma hermosa en la que pedía disculpas por su forma de vestir y de sonreir, sabiendo que en el fondo no creía en ello. Luego una carcajada, algo similar a la libertad, cuando comprendo esa ironía de tener la certeza de que mañana debo abrir de nuevo la puerta, saludar y pedir perdón hasta que se me rompan las rodillas.


lunes, 24 de marzo de 2008

Food

En Salta todo estaría quieto si no fuese por los colectivos. Se llevan las almas de las personas. Las ponen aquí, allá, acá. Las señoras con bolsas levantan sus manos para detenerlos. Pocos les dejan asiento. Yo como siempre llevo un libro para leerlo en tiempos de movimiento. Oscar Wilde saltando de un lado al otro. The Happy Prince and other Stories. Yo sentado al final para ver las cosas como suceden y de paso una ojeada. "Dear little Swalow...". La golondrina muere a mis pies sin darle nada de mí al mundo. Yo no tengo ojos maravillosos. "As he is no longer beautiful he is no longer useful" said the Art Professor at the University. Yo que sé. Las hojas pasan. El colectivo encuentra un pozo y todos saltamos.

Pronto llega "the Nightingale and the rose". Pronto los ruiseñores mueren por los estudiantes de filosofía. Pronto una mujer que pide una rosa roja por no pedir una luna azul o un cielo amarillo. O una media negra. Habrá sido bonita para pedir. Las rosas rojas que no aparecen en los jardines. Tampoco el amor. Los bailes. Los inútiles sueños de los ruiseñores. El colectivo dándome a conocer el mundo. Otros saltitos mas. "What a silly thing Love is," said the Student (...) "I shall go back to Philosophy and study Metaphysics." CARCAJADA. Movimientos torpes. Risas fuertes. (la gente se da vuelta con mirada de sospecha, no comprenden el grado de identificación que pueden generar los pensamientos de las personas)

Cierro el libro. No hay rosas rojas en el colectivo. Sólo hambre. El viaje es demasiado largo e interminable. The sky was covered with cotton and I remembered some song: "I wonna get some food..." Golpecitos en mi maletin. Sube al colectivo un señor con una caja gigante. Se sienta al lado mío. Una comunicación con golpecitos. Tan tarán tararararán. Tun turún turururu rún. Música del viaje. El también quería comida y parecía conocer a Nelly McKain. Yo, feliz. Luego una muchacha de sonrisa bonita toca el timbre y se baja. El colectivo se detiene. La música también. La muchacha me mira y se baja y se enrieda el saco en la puerta sin darse cuenta. El colectivo sigue su marcha y se escucha el grito de la señorita. Yo toco el timbre con todas mis fuerzas y el señor-con-la-caja toma el saco y se baja para pasárselo a la chica, sin dejar de cargar su caja pesada. El colectivo los olvida y se va. CARCAJADAS . El señor de la caja no debía bajarse allí pero parecía creer en las rosas rojas. Yo pienso si habrá muerto otro ruiseñor por amor. No importa. Me río solo. Los conductores de colectivo deciden donde debemos estar todos.

Al rato se sienta al lado mío una mujer without underwear. Todos se dan vuelta cuando ella se sienta. Luego la miran de tanto en tanto y se tapan con carpetas, bolsos, manos... las entrepiernas. Ella era extraña. Era parte de un juego. Era una mujer que llenaba los asientos vacíos. Cada vez que una persona se baja, ella llena su asiento. Todos se dan vuelta. Ella olvidó su bombacha en algún país lejano o cuando se bajó en otro colectivo se le enredó en la puerta y entonces quedó condenada para siempre al juego de llenar asientos. A reemplazar personas. Un niño también se dio cuenta de ello y empezó a jugar con las ausencias. Entonces todos los asientos se vaciaban y se llenaban. Yo pensaba si uno no hace eso... llenar asientos vacíos.

Finalmente llegaba el juego de creer que uno conoce el mundo. Y tocar el timbre. Y creer que la puerta que uno abre es la de la propia casa, para subir la escaleras y llenar el cuarto propio y la cama. Y con los balcones, los ojos. Y luego la pregunta eterna sobre quién elige las rutas de los colectivos. Y si uno viajara en otro lado o si me hubiese tocado otro asiento, si uno conociera otras cosas. O si en vez de la economía sería la odontología y de la poesía, la ginecología. Si en vez de escuchar Nellie McKay esa mañana hubiese escuchado Sebastián. Y esas miles de cosas que hacen que en los cuentos de Oscar Wilde mueran las más bellas aves o gigantes o buenos amigos... y luego dormir con hambre.

The Dog Song

Falta eso de pasear un perro y ser feliz. Inventar ladridos y lenguajes nuevos. Saltar. Comer unas medialunas mientras Nellie McKay toca su piano y le da golpecitos. Seguro que podría ser bueno hablar con ella. Descifrar el arte de la risa. No, mejor no descifrar nada. Pasear ladrillos por las calles de Salta. Waf waf. Llenarse de picante la boca luego de comer empanadas. Waf. Nada de simbolos. De vasos de plásticos que sean el mundo o el abandono. Nada de terapias para solucionar la falta de Dios. Sólo saltitos. Golpes al piano. Descubrir lo especial de cada momento especial. Sacar la lengua. Saber que cuando uno ama es verdadero. Luego uno termina siendo economista o pianista o esposo o escritor o cuidador de la puerta o de la cultura o el que esta a la derecha de la tía o el nieto más grande o miles de cosas or a good dog.