Hay dos cosas inevitables en esta vida: la muerte y el casamiento. Lo demás parece un simulacro del tiempo. Quizás pura distracción. Tránsito sin mas. Trivialidad. Ideología.
No se trata sólo de que el Amor se remonte a los más recóndidos tiempos, sino que antes de toda consideración metafísica sobre el otro hubo soledad en el hombre. Divorcio entre el mundo, los otros, los demás, dios, las palabras, las cosas y sí-mismo. Como si el momento que inaugura aquello que se llama hombre fuera una ruptura de una relación con el mundo, de un lazo que se rompe. Como si al principio la unidad y la ruptura de esa unidad primogenia. Antes incluso de la consideración de la muerte, antes del hombre muriente, antes del hombre mortal: el hombre divorciado. Por eso la tragedia. Por eso el consuelo de lavar los platos, de esperar con una sonrisa, de procrear hijos sanos, caminar de la mano por las calles, preguntarnos sobre el ser. Porque mas acá de la muerte, la soledad. La disociación con el mundo, con el cosmos, con las calles, con las manos que sujetan las manos de otros, rompecabezas o rompepelotas, urgencia de una ontología que sujete las sombras con lo que le daría razón de ser y que nos sujetaría de nuevo con los demás. Como si alguna vez hubiese un Edén, un segundo milagroso donde la unidad o al menos el paraíso de la cercanía con nosotros mismos.
No hace falta respaldo en ejemplos ni menos aún la construcción de una teoría. Estos asuntos pueblan las conversaciones, la literatura universal y las telenovelas de la tarde: Ella sueña vestirse de blanco, un hijo que sepa sonreir, caricias cuando la noche se disuelve. Uno que usaría el traje para cumplir esa fantasía. Despertarse a la mañana, trabajar, y luego alimentar a los hijos con historias de joven, de día, de mes, de fútbol, de política, religión y todas esas cosas que parecen dar aliento a la vida social. La muerte en una esquina, sin más. Como riéndose de ese anhelo de sobreponerse a ella. Como diciendo: ja, hijos. Como Cronos atragantándose con hijos. Piedras. Rea. Y ella siempre vestida de blanco, de ella, sin fuerza en las manos, llantos de a cada tanto, sin caballos blancos pero con cabellos blancos, sonriendo en los sueños, quizás frente al espejo y yéndose siempre. Como si sospechara que en realidad ocurriese todo lo contrario a la soledad, que cada dedo está sujeto por una mano, que cada isla está unida por los mares y los rincones por el silencio. Quizás ella sabe lo mismo pero de otra manera. Que si bien al principio el divorcio, es inminente la unión. Como en La Trama de Borges: todo fue un engaño para repetir las simetrías y las escenas. La muerte advendrá sin más, como la traición, los lugares comunes y el casamiento. Citando a Nellie McKay:
No se trata sólo de que el Amor se remonte a los más recóndidos tiempos, sino que antes de toda consideración metafísica sobre el otro hubo soledad en el hombre. Divorcio entre el mundo, los otros, los demás, dios, las palabras, las cosas y sí-mismo. Como si el momento que inaugura aquello que se llama hombre fuera una ruptura de una relación con el mundo, de un lazo que se rompe. Como si al principio la unidad y la ruptura de esa unidad primogenia. Antes incluso de la consideración de la muerte, antes del hombre muriente, antes del hombre mortal: el hombre divorciado. Por eso la tragedia. Por eso el consuelo de lavar los platos, de esperar con una sonrisa, de procrear hijos sanos, caminar de la mano por las calles, preguntarnos sobre el ser. Porque mas acá de la muerte, la soledad. La disociación con el mundo, con el cosmos, con las calles, con las manos que sujetan las manos de otros, rompecabezas o rompepelotas, urgencia de una ontología que sujete las sombras con lo que le daría razón de ser y que nos sujetaría de nuevo con los demás. Como si alguna vez hubiese un Edén, un segundo milagroso donde la unidad o al menos el paraíso de la cercanía con nosotros mismos.
No hace falta respaldo en ejemplos ni menos aún la construcción de una teoría. Estos asuntos pueblan las conversaciones, la literatura universal y las telenovelas de la tarde: Ella sueña vestirse de blanco, un hijo que sepa sonreir, caricias cuando la noche se disuelve. Uno que usaría el traje para cumplir esa fantasía. Despertarse a la mañana, trabajar, y luego alimentar a los hijos con historias de joven, de día, de mes, de fútbol, de política, religión y todas esas cosas que parecen dar aliento a la vida social. La muerte en una esquina, sin más. Como riéndose de ese anhelo de sobreponerse a ella. Como diciendo: ja, hijos. Como Cronos atragantándose con hijos. Piedras. Rea. Y ella siempre vestida de blanco, de ella, sin fuerza en las manos, llantos de a cada tanto, sin caballos blancos pero con cabellos blancos, sonriendo en los sueños, quizás frente al espejo y yéndose siempre. Como si sospechara que en realidad ocurriese todo lo contrario a la soledad, que cada dedo está sujeto por una mano, que cada isla está unida por los mares y los rincones por el silencio. Quizás ella sabe lo mismo pero de otra manera. Que si bien al principio el divorcio, es inminente la unión. Como en La Trama de Borges: todo fue un engaño para repetir las simetrías y las escenas. La muerte advendrá sin más, como la traición, los lugares comunes y el casamiento. Citando a Nellie McKay:


