sábado, 31 de mayo de 2008

Suitcase song

Será que nadie escucha los adioses. Que se desintegran en las conversaciones, las formalidades, las reglas de educación y los puntos finales que nadie sabe jamás que son puntos finales. Y uno que siempre viaja y debe quitarse los zapatos para subirse a los aviones, atravesar los paises, los lugares distantes, como si hubiera algo terrible que pasar. Como si los viajeros fueran mas peligrosos que los pueblerinos. Como si el mal no estuviese en todas las ciudades, en todos los nombres y en casi todos los mundos. Y como si los adioses no se nos olvidaran con las maletas. Atravesando controles de seguridad. Escurriéndose entre las preguntas en muchos idiomas para saber si uno es o no es un terrorista, un inmigrante desocupado o todos esos males que aquejan al primer mundo y poco tienen que ver con estar descorazonado. Porque los corazones no resisten a las mudanzas, a las casas con distinto techo todas las noches. Hay que ser internacionalista para amar a todas las mujeres. Lo demás es cuestión de tener efectivo y de serlo.
La imprudencia de no tener bien hechas las cuentas o bien anotadas las direcciones. El poco tiempo para conocer las cosas bellas y a las personas. Las ciudades que no se detienen. Las cosas que no llegan con uno. Nellie Mckay diciendo que le falta una maleta. Yo buscándola entre mis bolsillos, el teléfono que no suena y la almohada que se hunde. Ella como buena ciudadana newyorkina sabiendo lo que es la pérdida. Casi una redundancia con las películas de Woody Allen: Annie Hall se despide desde una maleta.
Conclusión parcial: son los viajeros los que pierden al amor y los pueblerinos a los amantes.

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