lunes, 9 de junio de 2008

Zombie

Las puertas se cierran y empieza el viaje. Cada segundo está controlado. Do the zombie. Las puertas se cierran. La espera. Do the zombie, woah, yeah. El próximo camino ya se sabe. Do the zombie. Las oraciones terminan en claros puntos. Do the zombie, woah, yeah.

Gente que espera en la puerta su salida. Sha, la, la. Gente que espera en los andenes su llegada. Sha, la, la. En las escaleras caminan las piernas como agujas del reloj. Sha, la, la. Imposible perderse. So come on. Un mapa: el mundo también se sabe. Do the Voodoo Shake.

En el corazón del mundo: el tiempo. La medida de lo que es. La justa medida del ser. Nada de confusiones entre tantos colores: amarillo, blanco, negro, grises, verdes. Todo es tiempo. En su esencia movimiento continuo y regular. La multitud de lenguas no se confunden en ese tiempo único. Se configuran, distribuyen matemáticamente. Como si fuera el lienzo soñado por algún maestro clásico de pintura. Seguramente el sueño de Da Vinci. Ni que decir de Kant. Casi una demostración ordinaria de la Estética Trascendental, este tiempo único es la condición de posibilidad de todas las experiencias.

Así es la disciplina hasta en la mordida de los sandwiches. Las señoras que cruzan las piernas despues de trece pestañeadas. Trece puñaladas que necesitará ella para morir luego de bañarse. Un caso para el casi ridículo personaje de Borges: Lönnrot, en "La muerte y la brújula". Quizás no el peor mundo posible pero si en el que hace imposible los otros mundos. Un mundo para pocas sorpresas. Para una Nellie Mckay que no corra aterrorizada porque su sombra la persigue.

En el mundo de las formas, lo posible ha de seguir su constante repetición. Lo demás es perfecto:
Saber que uno llega a casa todas las noches. Saber que el día muere con la noche. Saber a cuanto hierve el agua. Saber cuantos hijos tener y cuanto vivir. Saber que los zombies no tienen que bailar. Saber el precio del tomate. Saber que las puertas se cierran. Olvidar que nuestras sombras nos persiguen.

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