Y los amantes se deshacen como los helados...
Yo tardo mucho en creer en esas simetrías, quizás porque los directores de tesis quieren trabajos acotados, bien puntuales, hiperespecializados, que no hablen del universo sin referirse con la precisión de las palabras a un mundo casi fácil de tocar con las manos, como si existiera la posibilidad de saber de esa manera, dando manotazos y llevando las cosas a bolsas de plásticos. Entonces me cuesta convencerme de lo que veo aunque sepa que es inevitable. Los helados. Los amores que no tienen cultura específica ni un nombre y que aquí, en Berlín, que es todos los lugares, pueda ella que es oriental/egipcia/mujer/occidental/alemana/una caleña que es como las flores acercarse a él con las piernas debilitadas, dobladas, sin aire, sosteniéndose como una hoja de otoño a una rama que no termina nunca de caer, como si la vida no fuese mas que una caída. Cosa tan parecida a un mural de arte egipcio, al final prematuro de Ofelia, a los juegos en los que los niños esconden sus sentidos metafísicos. Al escondido. Al periodo oscuro del surrealismo. A las cosas que todavía no sabemos. Como vivir, amar y ser felices.
Dos ratones jugando entre la vía. Otra prueba ineludible de que el progreso no puede saturar la vida en la mas insignificante de sus formas. Es que en la vías tambien hay vida y juegos. Sutil fracaso del mundo moderno que se escapa entre los caños y los cristales de los ojos desprevenidos. Trenes que no detienen la prisa. Perros amaestrados que suben con diarios en la boca. Pasean y en el fondo creen en la dignidad del trabajo. Yo no tengo cambio. Quizás de diez o de veinte. Pero en el fondo sigo siendo el mismo. Manera triste de confirmar que el ser es uno. Yo el mismo que leía a Borges, jugaba no tan bien al fútbol, escribía por antojo y camina como si hubiese perdido algo, al de los incontable nombres, el que se enamoró de ella, el que ya no habla con él, el que antes escuchaba aquello y ahora lo otro, el que alguna vez sonrío al leer la biografía del che guevara, sigo siendo el mismo.
Entonces las simetrías vuelven a tomar su rumbo. David es pronto alguna otra que una vez amé y no atendió su teléfono. Hamlet soy yo creyendo en la justicia, en la forma perfecta que deben desarrollarse las cosas. Mis amigos son aquellos otros que una vez intentaron convencer a Sócrates que no se mate. Que no muera. Que persiga el camino que lo aleje de la muerte.
Y los amantes se deshacen como los helados...
La casualidad de convencerse como Niklas Luhmann de que el amor y la pasión se confunden. Que a veces las piernas que rozan piernas son como los helados y no como los amores. Que se derriten. Que parecen dulces pero ensucian. Que son ricos. Que los hay de todos los sabores. Que si no tienen buen gusto nadie los come. Y que son muy pocos los que se enamoran de sus huesos.
