Y que más. Sólo ella puede oír detrás de las paredes. También ver, sentir y conocer las verdades que se refugian en el corazón. Las esencias. Ella que es un niño y que se parece al Sócrates que no sabe nada y que por eso sabe. Porque ni la muerte le es tan obvia. Porque los sueños no son solo ojos que se cierran. Porque en su mundo la verdad no se lleva en palabras muy pesadas.
David sólo mueve su rostro cuando hablas, casi retrata a la perfección la seguridad, la comprensión y los besos que se sienten en el alma. Lo demás es mentira. Arte de saber besar, arte de saber decir, arte de saber parecer, arte de saber. Lo demás es simulacro del amor, sensación. Seducción. Sincronizacióm de las pulsaciones. De letras. De conceptos.
Sólo el Principito ve las mañanas bonitas. Eso es porque reconoce a las boas que se comen a los elefantes de los sombreros. Tarea no tan sencilla cuando toda existencia parece ya escrita por alguien, por la Enciclopedia China de Borges o la Crítica de la Razón Pura de Kant. Lo demás puro automatismo psíquico. Mecánica de las almas errabundas en la geometría euclideana. Desesperación ante el conocimiento de las fronteras, de las categorías a priori del entendimiento, de las leyes innatas de la biología, y las inviolables razones del alma y la historia.
David no contesta. No llama. No escucha. Parece el mundo desintegrarse en un grito que no pasa al otro lado. Ella que es un niño que no tiene razones suficientes ni pretextos como para no preferir la muerte. Entonces no sabe. Entonces le seduce ser Ofelia, algo inevitable en las almas conscientes de su soledad. A pesar de no querer morir como en Berlin entre paredes silenciosas. Como los vasos de plástico que aplastan las manos siempre sedientas. Ella cree en la muerte como un juego, que puede hablar a través de ella, que puede reir después de ella.

Nellie Mckay que renuncia a pensar con tal de tener a su hombre. Tarea poco sensata y melancólica pero al fin y al cabo disyunción entre el saber y la soledad. Disyunción entre esta forma de separarnos del mundo y la más ingenua pero posible forma de transcender nuestra mismidad: como el yoghurt que se mezcla con los cereales para ser algo sin nombre. Como eso que no es ni día ni sol. Ni noche ni mañana ni pasado mañana. Tampoco ayer ni hoy. Como aquel azul del que está hecho el cielo y nadie sabe y que es todos los azules y todos los cielos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario